Extraño a mi abuela

Esa mañana en la iglesia fue especial.  La presencia de Dios en medio de los cánticos fue real.  Después de una predica que definitivamente tocó su corazón Laura sintió que su carga fue menos pesada.  Los numerosos problemas por los que estaba atravesando, definitivamente los había puesto en las manos del Dios Padre y Protector, como había acabado de aprender con el Pastor de su congregación.

Laura se sentía un poco agotada, puesto que el día anterior, había estado trabajando hasta altas horas de la noche, pasando por alto que el culto en la Iglesia local comenzaba a las siete de la mañana en punto.  Desde muy pequeña, Laura fue enseñada por su abuela a ser puntual, en vida ella siempre le repetía:  Laurita, nunca olvides que llegar tarde es pecado… Y más aún cuando se trata de ir a la casa de Dios abuelita, le contestaba la pequeña niña con entusiasmo, terminando la frase de su sabia abuela.

Como siempre, todos los asistentes a la iglesia tenían que salir por una minúscula puerta, en la cual se encontraban el Pastor y su esposa, quienes despedían personalmente  a toda la congregación.  Aquello ocasionaba un tumulto de gente, pero Laura siempre estaba deseosa de pasar por ese sitio tan especial para ella.

Una vez afuera, platicaba con uno y otro grupo de personas, mientras se acordaba de su abuela:  Cuanto desearía que ella estuviera aquí conmigo.  Cuanto te extraño abuela, pensaba Laura en su interior.  Sus recuerdos fueron interrumpidos por una de las hermanas de la congregación, que con gran preocupación se acercó a ella para comentarle su problema.  A pesar de ser tan joven, Laura siempre fue conocida por todos por una gran mujer de oración, una tremenda intercesora.  La hermana comenzó a contarle por la  terrible calamidad que estaba pasando su esposo y por lo que sin duda Laura iba a orar.  Despidiéndose de la señora, Laura observó con detenimiento como los colores de esa mañana expresaban un color vivo, un color especial; y como los jóvenes arboles en crecimiento, parecían batir sus frágiles ramas alabando a Dios.  Sintió un gozo increíble en su corazón, ese gozo del que tanto le hablaba su abuela.

Con su Biblia en la mano y a punto de despedirse del grupo, sintió una mano que tocó inesperadamente los rizos rubios que descansaban en su nuca.  Laura sonriendo se volteó rápidamente para descubrir al bromista, pero no había nadie ahí parado.

Aquel turbio hecho, oscureció el panorama y como usualmente acontecía en la ciudad,    el cielo se nubló de un momento a otro, cayendo una fuerte lluvia que se apropió vertiginosamente del lugar.

En la oscuridad de la noche, Laura no podía dejar de pensar que pudo haber ocurrido esa mañana, que fue lo que realmente la tocó.  Confundida aún con lo sucedido, empezó a pensar en lo mucho que extrañaba a su abuela.  Ella había partido hace más de 10 años, pero para Laura era como si fuese ayer.

Semanas después, se encontraba concentrada estudiando; cuando volvió a sentir la mano que pasaba por su nuca moviéndole el cabello, detrás de ella sólo estaba la ventana de la biblioteca y se encontraba cerrada.  La confirmación de su nefasta sospecha fue un mes después, cuando Laura estaba cepillando sus abundantes rizos en el velador de su dormitorio.  Esta vez el espejo fue su fiel testigo, confirmándole que se encontraba completamente sola.

Luego de tomar la tercera medicación y recostada en la camilla, con las molestas correas de cuero sujetándole pies y manos -estaban más apretadas que nunca- vino a su mente como esa patética anciana agonizaba lentamente tras haber ingerido veneno letal.            El mismo que sin siquiera sospechar fue suministrado por su propia nieta.   Sentada de espalda al lado del lecho de muerte, la causante miraba al infinito sin siquiera pestañear:  Por qué nunca la pude querer?  Cuanto la detestaba, especialmente por su visión religiosa tan radical y por su miserable vida llena de reglas.

A pesar de los ruegos de su abuela, Laura nunca asistió a la iglesia, siempre fue una niña huraña y resentida.  Incluso por la muerte de sus padres culpaba a todos a su alrededor, especialmente a su abuela.

Laura siempre recordará a su abuela por la manera como tocaba su cabello a la altura de la nuca.  Esta última vez no lo hizo con ternura por falta de cariño, sino porque estaba agonizando y trataba de suplicarle a su amada nieta de tan solo nueve años, que le perdonara la vida.  Fríamente dándole la espalda, Laura hizo caso omiso.

Esta vez  la dosis no fue suficiente, porque la vieja alcanzó a rogarme por su lastimera vida.  Nadie como mamá y papá.

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