Agua en el bebedero

La luz contra la cancha era espectacular.  Se podían apreciar incluso esas pequeñas partículas que siempre están flotando en el aire.  El clima estaba perfecto.  La bola iba     y venía en medio de la algarabía de los jugadores, quienes se reían con un gusto tremendo.

En el club no se encontraba nadie, las nueve canchas restantes estaban desocupadas.  Ellos cruzaban palabras, lanzamientos y risas.  El único testigo de la noche era la fresca brisa cómplice de aquel encuentro amistoso.

Sin importar la clara diferencia de edad, el contrincante arrasó con su tía.  Sin clemencia y sin recordar ya ciertas canas que salían de su cabeza, Augusto  le hizo a su tía varios tiros cruzados profundos y profundos al medio, que definitivamente ella no pudo devolver.  Pero la jugadora seguía al pie del cañón, segura de responder un revés cruzado con otro revés cruzado -pero saberlo no era suficiente- y lo trataba con más empeño que nunca, puesto que hace mucho tiempo no jugaba con su sobrino favorito y ella sabía que ese pequeño encuentro tenía que ser inolvidable.

Los dos tenistas amateur dieron lo mejor de sí, disfrutando cada jugada, cada lanzamiento, cada remate.  Mientras jugaban, recordaron varias anécdotas en común           y empezaron a mofarse de unos cuantos integrantes de la familia (solían hacerlo con frecuencia, cabe recalcar)  En una de esas remembranzas no pudieron parar de reír, hasta el punto de tirar las raquetas al suelo arcilloso y casi caer de rodillas por las carcajadas incontenibles que compartieron.

Después de varios puntos anotados tras una repetida secuencia particular de golpes, la tía de Augusto empezó a sentirse un poco fatigada y aunque el no quería aceptarlo, también estaba agotado.  Se sentaron en la silla cercana a la cancha, tomaron un poco de agua y siguieron con su amena plática.  La tía del chico tenía una mirada única, Augusto notó que el brillo en sus ojos era algo increíble, era algo especial.

Su charla fue bruscamente cortada por un extraño ruido en el bosque que colindaba con la cancha donde ellos se encontraban.  Augusto y su tía saltaron de la silla y luego se echaron a reir al ver que no pasaba nada.  Falsa alarma! replicaron los dos, pero ya el susto estaba cobrado.

Después de descansar por un buen rato, decidieron ir a recoger bolas que otros jugadores a lo largo del día suelen dejar botadas (era su ritual post-juego) pero esta vez no corrieron con tanta suerte como en ocasiones anteriores.  El chico no perdió las esperanzas y continuó buscando las preciadas pelotas de tenis, cuando su tía le dice:  Augusto, espérame aquí un momento, que voy a tomar más agua al bebedero, a lo que        el contestó:  No te preocupes tía,  que voy a estar aquí buscando más bolas.  Minutos después, el muchacho escuchó a sus espaldas un grito desgarrador, grito al que Augusto se unió; su corazón no paraba de palpitar incontrolablemente por la angustia de que algo horrible le hubiera pasado a su tía.  Todo esto sucedió en fracción de segundos.

Augusto se volteó rápidamente para ver lo que sucedía, cuando vió a su tía con la raqueta de tenis y una pelota en la mano muerta de la risa.  Qué buen susto me has pegado tía!  Pensé que te había pasado algo, y su malvada tía no podía parar de reír, contagiando            a Augusto.

El continuó con su tarea, mientras que la tía fue a tomar agua al bebedero, esta vez si lo hizo.  Mientras que Augusto buscaba las bolas, pensaba en la horrible posibilidad de que a su tía realmente le hubiera pasado algo.  Ella es tan especial, tan divertida, siempre hace chistes de cualquier situación -aún de las situaciones más difíciles-.  Realmente mi tía es única, nadie como ella pensó.

Su búsqueda de pelotas se vio interrumpida por un viento helado que descompuso completamente la armonía de la noche.  Augusto alzó su mirada y se atemorizó al ver todas las canchas desiertas ya que recordó que estaba solo.  Cuando volteó a ver la cancha, observó que su tía había dejado recostada en la malla divisoria su raqueta                y la bola que cargaba en la mano.

Mi tía se está demorando mucho, pensó.  Decidió esperarla por un rato más, pero ella no regresaba.  Extrañado la fue a buscar al bebedero que sólo se encontraba a unos cuantos metros,  pero al llegar, no había nadie.  Empezó a llamarla en voz alta:  Tía, tía,  tíaaaa!!  Pero ella nunca respondió.  Ya con llanto en sus ojos, se devolvió corriendo a la cancha       y grande fue su impacto al encontrar las dos raquetas en el maletín y todas las bolas dentro de su trajinada mochila de tela -su tía se la había regalado hace un par de años atrás-  Será que ésta es otra de las bromas de mi tía?  Se preguntaba así mismo para tratar de calmarse.

Ya con un llanto incontrolable empezó a gritar:  Tíaaaa, dónde estas??  Tíaaa!!  En ese  momento vinieron a su mente varios recuerdos de ella, cuando reían, cuando jugaban, cuando disfrutaban de las cosas más simples de la vida.  Varias imágenes se mezclaron        en su cabeza: Su risa, sus abrazos, incluso sus regaños, hasta que su tía querida dejó de aparecer en sus recuerdos familiares.

La tía de Augusto lo había dejado hace mucho tiempo atrás.  Había partido no por voluntad propia sino por circunstancias ajenas a ella.  Era duro aceptarlo, pero el                tenía que hacerlo, ya era tiempo.

Sentado en aquella silla donde tiempo atrás solía reír a carcajadas, Augusto se encontraba con un sentimiento tremendo de desolación por la dolorosa ausencia de su tía.  No podía dejar de preguntarse:  Por qué?  Por qué mi tía tuvo que partir de este mundo? Dios mío, por qué se fue de un momento a otro?  Entre sollozos se pasó la mano por la frente y descubrió que estaba llena de sudor, al incorporarse para recoger sus cosas,  sus piernas tenían ese típico dolor muscular que sufres después de jugar un              buen partido.

Más desconcertado que nunca, Augusto se dirigió a casa caminando lentamente,                   sin percatarse que a lo lejos suavemente corría agua en el bebedero…

About Amadeus Urban

I am what I am Sólo soy quien soy
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