El oso de peluche

Eran los móviles mas preciosos que alguien pudiera haber visto.  Llenos de colores vibrantes, cuya actividad estaba acompañada de suaves melodías infantiles, aquellas que con facilidad podían apacentar hasta los llantos infantiles más vehementes.

Colores llenos de vida inundaban la habitación en general.  Todo combinaba a la perfección.  La cenefa ubicada en la parte alta de la pared,  hacia un tierno contraste con las arandelas que tímidamente salían de las cortinas; que cubrían parte de la ventana que daba a la calle. Esta ventana era fundamental en la decoración del dormitorio, porque durante el día (especialmente en horas de la mañana) pasaba la luz cálidamente hasta el centro del dormitorio, haciendo el lugar más acogedor.

Todos los juguetes estaban ubicados con cierta armonía visual.  Un pequeño puñado de simpáticos soldaditos parecían haberse reunido para pasar un buen rato.  Los podías ver encima del tapete con forma de mapamundi.  Este colorido cuadro que brillaba sin temor, a cualquiera lo invitaba sutilmente al juego, hasta un adulto pudiera ser seducido.

El closet blanco con puertas plegables, era el único que no participaba en la decoración de la habitación, sin embargo brindaba un grato balance visual al entorno.  Ya todo se encontraba listo para recibir al gran visitante, a ese pequeño ser que con tantas ansias se había esperado durante todo este tiempo y para el cual se había preparado todo.  Incluso el porta-retrato que se encontraba encima de la mesa, al pie de la lámpara de carrito, parecía estar ansiando la llegada de su dueño, para ser ocupado con su linda fotografía.  Sin contar con la mecedora, que la abuela del pequeño había escogido con tanto cuidado, porque como ella siempre ha dicho: Para mi nieto, lo mejor de lo mejor!

En una esquina de esta maravillosa habitación, estaba sentado tímidamente un precioso oso de peluche, era tan lindo y claramente resaltaba entre todos los elementos del dormitorio.  Ni siquiera todo junto, podía hacerle competencia a este irresistible osito.  De hecho era lo primero que la gente veía cuando entraba a la habitación, su encanto era innegable.

Los visitantes no sabían si eran esos pequeños ojos que brillaban con gran fulgor, o ese cálido material del que estaba hecho; tanto que dejar de abrazarlo era casi imposible.   Me atrevería a decir que cada objeto del lugar tenía una marcada envidia por el oso de peluche.  Nadie como él, prácticamente se había convertido en el rey del lugar.  Y al parecer eso no iba a cambiar.

Afuera de esta habitación perfecta, existía un mundo real.  Un mundo donde las cosas tal vez no estaban tan alineadas, o no resultaban como se planeaban.  La realidad es que esta habitación no era nueva, ni estaba recién decorada, llevaba un poco más de tres de años lista, pero tristemente vacía.  Tal vez por eso todos los protagonistas que la componían tan especialmente, estaban esperando por ese gran día.

Finalmente el único dueño del lugar hizo su entrada gloriosa, todos los habitantes del dormitorio parecían gritar de júbilo.  Fue increíble como el aire se cargó de fiesta.  Y su mamá era la más contenta, quien con una alegría indescriptible cargaba tiernamente a su bebé.  Sin embargo la algarabía del lugar se desvaneció en un instante, cuando la mamá del pequeño Ernesto observó al oso de peluche sentado en aquella esquina.  A Amanda le causó escalofríos ver esos pequeños ojos color ambar que parecían tener vida.  De hecho a la primeriza madre, nunca le terminó de agradar el peluche, pero por insistencia de su esposo e incluso de algunos amigos no se había deshecho de él; pero en el fondo Amanda sabía que algo se lo impedía.  Celosamente llevó al pequeño Ernesto fuera de la habitación, pero con el pasar de los días esa extraña sensación que le producía el oso de peluche se disipó un poco, pero no desapareció del todo.

Por sus dos pérdidas anteriores, Amanda no podía dejar de estar pendiente  del bebé a cada instante, especialmente cuando dormía durante la noche.  Sin exagerar lo revisaba más de 15 veces, esto turbaba un poco a su esposo quien no dejaba de aconsejar a  Amanda insistiéndole que todo estaba bien, que al pequeño Ernesto no le iba a suceder nada.

Tras la insistencia de su esposo y al observar la salud de hierro de su adorado bebé, Amanda empezó a tomar las cosas con más calma, pero no por eso dejaba de pensar en aquel oso de peluche.  La expresión que el despedía en su rostro era como si estuviera terriblemente molesto con la llegada de su hijo, como si su falsa sonrisa quisiera ocultar sus nefastos celos.  Llegó a tal punto la obsesión de Amanda con este inanimado muñeco, que decidió finalmente botarlo a la basura, sin importar lo que los demás dijesen. La noche estaba tan fría que dejó la tarea para la mañana siguiente.

El monitor del bebé indicaba que todo estaba bien, como en las noches anteriores.  Amanda esa noche durmió como nunca, hace meses no descansaba de esa manera, tal vez porque sabía que al día siguiente se iba a deshacer de su diminuta pero gran pesadilla:  El oso de peluche

Su esposo esa mañana en particular salió más temprano de lo usual.  Amanda lo primero que hizo al abrir los ojos, fue dirigirse rápidamente al cuarto del bebé, tomar al molesto peluche del cuello, estropeando su corbatín rojo intenso y lo lanzó a la basura con un placer único.  Contenta por su gran decisión, subió rápidamente las escaleras dirigiéndose a la habitación del pequeño Ernesto, para contarle las buenas noticias.  El se encontraba profundamente dormido, o por lo menos eso parecía.  Ella lo cogió entre sus brazos para despertarlo suavemente pero su cabecita cayó de lado bruscamente.  Amanda se puso como loca, empezó a gritar desesperadamente por ayuda, el neonato había sido sorprendido por el SMSL, síndrome de muerte súbita del lactante o “Muerte de Cuna”  Ernesto había dejado de respirar sin que sus infortunados padres pudieran percatarse.   El sentimiento de culpa en Amanda era enloquecedor, ella estaba viviendo una vez más lo que tanto se temía, la muerte de su amado hijo.

Era imposible que Amanda se pudiera sobreponer  a esta tercera pérdida y sus sentimientos de culpa tan marcados no le ayudarían en nada.  Cruelmente  “la habitación perfecta” quedó de nuevo vacía.  El luto entre todos sus habitantes era notable:  Juguetes, móviles, soldaditos y demás artículos decorativos lloraban una vez más la ausencia irreparable de su pequeño dueño.  Pero a quien ciertamente no extrañaban era al oso de peluche.

En esas noches de desvelo agotador, Amanda no podía dejar de preguntarse:  Por qué no boté a ese maldito muñeco esa misma noche?  Por qué no me deshice del  infeliz peluche??  Si lo hubiera hecho, mi Ernestito estuviera vivo.

Sólo Amanda conocía lo que realmente había sucedido esa fatídica noche, así como las anteriores; pero evidentemente prefirió guardar silencio.

La madre estaba desbastada, ni siquiera podía encontrar consuelo en los brazos de su esposo, quien también se encontraba destrozado.  Pensando en esos cortos pero maravillosos días que había compartido con su hijo (39 días), recordó el osito de peluche que sin comentarle a Amanda, había rescatado del tacho de la basura.  Lo fue a buscar al ático y abrazándolo dejó fluir su inmenso dolor, mojándolo por completo con sus lágrimas.   Lloró como un niño.  Esto se convirtió en rutina, era como una terapia para él.

El tiempo pasó y el dolor también.  La joven pareja con ayuda de Dios y con el apoyo de su familia pudo salir una vez más adelante.

Esa tarde frente al espejo, Amanda se hablaba a sí misma, pero en realidad no era ella, era su otra personalidad, que con delicia recordaba  como entre sus manos de madre aparentemente perfecta; se desvanecían suavemente los últimos suspiros de sus tres frágiles víctimas.

Oh mi amado bebé, esta vez todo será diferente, le hablaba Amanda con cariño  a su ya abultada pancita…

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