El jamón

Las manos las tenía laceradas.  Al caerle detergente vivía el mismo infierno en carne viva, pero el correr del agua fría era como un bálsamo para su piel.  Sin contar que los pies parecían quebrarse con el frío congelante que sufría la ciudad y más aún en las afueras, en los suburbios donde ella vivía.  Pero nada de esto la detenía en su tarea de lavar ropa en las madrugadas, para coger unos cuantos pesos extras para alimentar a su hijo.  El niño salía temprano a la escuela y al regresar se las tenía que arreglar solo, porque mamá regresaba a casa hasta entrada la noche.

Su madre, hacía caso omiso al cansancio de los dos trabajos en los que se desempeñaba    a diario y trataba de cocinar lo poco que tenía.  Muchas veces sólo alcanzaba para el pequeño e insistía diciéndole al niño que no comía por falta de hambre.  El dinero no era suficiente, teniendo en cuenta que ella todavía estaba pagando el entierro de su otro hijo que había fallecido no hace más de tres meses.

El lugar era oscuro y lleno de humedad.  Las cucarachas que rondaban el lugar buscaban desesperadas que masticar, pero ni los mismos dueños de ese muladar  tenían siempre ese privilegio.  Estas indeseables visitantes se contentaban con morder los rancios  cartones, donde con humedad reposaba aquel colchón lleno de descoloridos parches y algunos resortes que afloraban sin timidez, adornando el lugar.  Las ratas habían decidido marcharse puesto que se sentían más a gusto viviendo en el botadero municipal, que quedaba solo a un par de millas de allí.

Para Washington todos estos detalles pasaban a un segundo plano, cuando veía a mamá cruzar la puerta de su ranchito (como ellos lo llamaban) regalándole siempre una gran sonrisa donde ella sin temor mostraba los pocos dientes que le quedaban.

Aquella noche cenando a la luz de las velas (no representaba ninguna ocasión especial,    el cable de donde obtenían luz clandestinamente; lo había usado un vecino años atrás para suicidarse y desde entonces dejó de funcionar) el pequeño Washington observó las numerosas laceraciones que tenían las manos de su joven madre y lo ojerosa que se encontraba.   Igual, no importaba lo marchito de su cabello ni sus pómulos exageradamente pronunciados por la malnutrición, para Washington su mamá era la   más linda de todas.

Con una grata conversación de todo lo sucedido en la escuela del pequeño  (Washington era un excelente estudiante) y compartiendo sonrisas, olvidaron por instantes todos los problemas que los rodeaban.  Su casa se llenó de una calidez única.

El niño aquella noche le hizo una confesión a su mamá:  Sabes algo mamita??  Hay algo con lo que  siempre he soñado, sé que ahora es imposible, pero realmente lo quiero.  La mamá con un gran sentimiento de culpa y llena de ansiedad porque estaba consciente de no poder darle nada, igual le preguntó: Qué es lo que tanto quieres mi amor??  El niño sin titubear le contestó:  Un pedacito de jamón mamita linda, sólo un pedacito de jamón!  A la madre se le llenaron los ojos de lágrimas.  no podía creer que su pequeño Washington se contentara con algo tan insignificante como un simple pedazo de jamón.  Claro que en su situación era prácticamente imposible.  Esa misma noche la sacrificada madre se puso como meta hacer realidad el sueño de su hijo.  Los dos meses siguientes esta mujer trabajó más allá de sus fuerzas, sin permitir que el dolor de su cansancio apartara los ojos de su meta.  Las semanas transcurrieron y Washington y su mamá disfrutaban juntos amenas veladas conversando de todo un poco.  Realmente esta joven madre y su hijo eran más afortunados que muchos que lo tienen todo.

El momento llegó, su madre llegó a casa con una sonrisa incomparable.  Sus ojos brillaban como nunca; era como si se hubiera rejuvenecido de un momento a otro.  Washington nunca había visto a su mamita tan deslumbrante, tan llena de vida.

Sin esperar un segundo más, la mamá de Washington con un júbilo incontrolable le dijo:  Mi amor, aquí tienes tu sueño hecho realidad!!  Y puso con su mano temblorosa una bolsa de papel -un poco ya mojada- encima de la vieja tabla de madera ya carcomida por el tiempo.  Qué es esto mamita, qué es?? Preguntó Washington con esa risita nerviosa que siempre hacía cuando se llenaba de curiosidad.  Los pequeños hoyuelos en sus mejillas se pronunciaban más cuando hacía esa carita tan característica de él.

Jamón mamita, es jamón!!  Esto es un milagro, gracias Dios mío, gracias!!  Yo sabía que escuchabas mis oraciones!  Gritaba el niño de alegría con lágrimas en sus pequeños ojos achinados.  Corriendo a los brazos de su madre, el pequeño Washington lloró en la famélica humanidad de su mamá;  dándole gracias repetidas veces.

Después de la euforia, Washington y su mamá se sentaron a la mesa con este invitado tan especial: El jamón.  El pequeño tenía una cara de un millón de dólares y por supuesto su orgullosa madre no podía perderse el espectáculo.  Cuando finalmente Washington lleva a su boca ese delicioso pedazo de jamón, que durante tantos años había deseado, la cara de felicidad del niño cambió drásticamente.  Washington con angustia se cogió desesperadamente la garganta tratando de respirar, sin éxito alguno.  Su joven madre no hallaba que hacer, gritaba sin control.  Ella trató de ayudarlo pero en su ignorancia no pudo hacerlo. Bruscamente la coloración del niño se tornó morada y finalmente dejó de luchar con lo inevitable.

Washington yacía sin vida sobre el piso polvoriento.  La madre observó su pequeño cuerpo que reposaba completamente inerte y se apresuró a cerrar sus ojitos que reflejaban la horrible pesadumbre de la muerte. Aún en shock, alcanzó a sentarse al pie de la mesa y fijamente se quedó mirando lo que quedaba de aquel criminal:  El jamón.

No he trabajado en vano.  Quedó más jamón para mí y ahora también tengo carne.  Incluso más que la vez pasada.

About Amadeus Urban

I am what I am Sólo soy quien soy
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