El vestido rojo

No había forma de dejar de mirarla, especialmente cuando caminaba.  Esas piernas tan bien torneadas se desprendían simétricamente de sus voluptuosas posaderas.  Los ojos eran como inmensos vitrales, que si te atrevías a mirarlos directamente podrías ver sus pensamientos, hasta los más íntimos.

Sólo pensar en un pequeño rose de sus labios te llevaría al borde del colapso, sin pasaje de retorno.  Al parecer, el movimiento de sus caderas paralizaba la ciudad entera.  El encanto estaba en su contoneo? O en el suave aroma de seducción que brotaba sin cobardía por cada poro de su cuerpo.

Su color favorito era el rojo.  Oh Dios mío! Tenías que ver como le quedaba.  Es esa clase de rojo intenso, que desenfrenadamente te induce al pecado, sin poder eludirlo.  Su sonrisa espontánea desplegaba la inocencia pura de cualquier colegiala inexperta, pero su cuerpo entero lo desmentía.

Los crespos de su cabello eran una sutil sugerencia a perderse en el deseo incontenible de poseerla una y otra vez.  Las montañas de su pecho eran como volcanes en erupción,  donde calcinarse valía la pena con tal de obtener unos cuantos segundos la gloria de su toque.

Quién no desearía a esta mujer, que con una simple mirada, tenía a sus pies a todos los hombres que quisiera, incluso a unas cuantas mujeres también.

Y hablando de mujeres, nuestra protagonista era el objeto de odio más grande del lugar.  Estas pobres, no habían podido despertar en sus maridos ni siquiera un 15% de su pasión.  Mientras que todas las miradas seguían al 100% a la deseable “Mireya”.

En la esquina de la parada del autobus, se encontraba este gordito maloliente y sin dientes quien era el admirador número uno de Mireya.  Cuando la veía cruzar, su resentido corazón por el colesterol;  corría a mil por hora (con limitaciones, pero corría).  Este singular personaje apresuradamente trataba de poner en su puesto los cuatro pelos que débilmente estaban adheridos a su cabeza y con diligencia se quitaba la grasa sobrante que descaradamente solía reposar alrededor de su boca después del desayuno.

Los pocos botones que aún le quedaban en su camisa “blanca” ya casi amarilla por lo mal lavada, los trataba de hacer coordinar con los ojales similares a la extensa sonrisa de los payasos.  Lo que más sobresalía de este carente atuendo, era su ombligo brotado y peludo, cuya forma se había extraviado por una cicatriz de la niñez.  Pero a pesar de su no tan favorable realidad física, Ramón no perdía la esperanza de conocer por lo menos la voz de su amada Mireya.

Nadie se atrevía ni tan siquiera acercársele a esta dotada mujer.   Su belleza asustaba a cualquiera, pero no dejaban de desearla; hasta los fieles clientes ancianos de la barbería de la esquina.

Todos hablaban de ella, se preguntaban dónde trabajaba, con quién almorzaba, con quién hablaba.  Mireya era como una leyenda viviente, era como una de esas estrellas de cine que parecen estar a la mano pero son inalcanzables.

Ramón en su búsqueda desesperada por tener por lo menos una corta conversación con su amada Mireya, planeaba hasta el cansancio diferentes situaciones que podrían terminar en un encuentro casual con ella, por corto que fuera.  Si tan sólo pudiera escuchar la voz de mi tigrilla Mireya -como solía llamarla cariñosamente-  sería el hombre más feliz del mundo.  Sólo con oírla me conformo.

Repetidas veces ensayaba como subir su cabeza disimuladamente para poder conversar con su amor platónico (Ramón era corto de estatura, le daba a Mireya en el pecho, con sus zapatos de plataforma puestos) pero pasaban los días y no se decidía hacerlo.

En su parada de bus para dirigirse al trabajo y con el delantal a medio planchar (no era médico, era carnicero) observó a su tigrilla Mireya cruzar la esquina, su corazón casi estalla por el éxtasis del momento.  Como era costumbre, toda la cuadra se paralizó sólo con observar a esta tremenda hembra. Nadie se puede explicar como la formó la naturaleza, pero sin duda la hizo con mucha sabiduría.  Los hombres sudaban frío del  solo pensar que ella pudiese acercarse a uno de ellos, pero pronto se la llevaba el ladrón de sueños:  Un taxista infeliz!

Ya casi al borde de la desesperación, Ramón decidió esperar a su tigrilla Mireya al otro lado de la calle donde diariamente solía ser secuestrada por estos desalmados choferes de la ciudad.  No había escapatoria para esta situación.  Ramón sabía que Mireya cruzaba la esquina a las 8:15 de la mañana y en cuestión de minutos paraba un taxi.

El plan descabellado de este pobre pelón, era cruzar rápidamente la calle, y justo en el borde del andén donde se encontraba su adorada tigrilla, el iba a simular que su pierna fallaba, cayendo de esta manera al suelo.  Lo que iba a llamar la atención de Mireya para que lo ayudara.  “Nadie puede resistirse ante la indefensa humanidad herida de un gordito tan encantador como yo”  Pensaba Ramón mientras ultimaba los detalles de su plan.

Aunque a simple vista era el que menos posibilidades tenía de concretar algo con la ansiada Mireya (ninguno de los otros atónitos admiradores iba siquiera a atreverse a dirigirle sílaba alguna a esta escultural mujer) Ramón era el único que tenía el coraje de intentarlo.

Mireya, Mireya.  El delirio de cualquiera.  No era sólo su atrayente figura, sino también su enigmática personalidad que seducía a todos en la comunidad.  Ella no pasaba desapercibida ante los ojos de nadie, mucho menos ante los ojos de Ramón.

Más nervioso que nunca, por primera vez en mucho tiempo Ramón sacó un poco de pasta dental ya seca por la falta de uso y lavo sus dientes, aunque con torpeza por la falta de costumbre.  Al mirarse en su espejo oxidado,  con orgullo observó lo “buen mozo” que lucía (especialmente por los cuatro pelos que sin cobardía adornaban su frente  y su diente de oro que brillaba más que sus ojos cuando pensaba en su tigrilla) y su autoestima se recargó por completo, llenándose de seguridad para llevar a cabo su plan.

Sus plataformas nunca habían temblado tanto y la excesiva sudoración en todo su cuerpo, especialmente en su cabeza,  arruinó por completo la vaselina que mantenía su escasa cabellera en su puesto.  Con su corazón más que agitado, Ramón alcanzó a ver a su tigrilla a la distancia.  Estaba con un vestido rojo de seda que resaltaba deliciosamente su figura perfecta.  Hasta los semáforos parecían intimidarse con el brillo destellante de su atrayente presencia.  Mireya estaba más “rica” que nunca.  Parecía que su bronceado se hubiera acentuado de la noche a la mañana, destacando la suavidad de su piel con un tono dorado exquisito.

El único que se atrevía a tocar a Mireya era el viento y lo hacía a través de su vestido rojo levantándolo descaradamente más allá de sus rodillas.

Al otro lado de la vereda continuaba Ramón observándola sin casi poder respirar,  su presión arterial nunca estuvo tan elevada y su ritmo cardiaco estaba a punto de ganarse el ticket para un infarto; pero el estaba decidido a todo.

Sin pensarlo más, se lanzó a cruzar la calle de acuerdo a lo planeado.  Cruzó con una rapidez única, cual gacela en el campo que corre por su vida.  Sin aviso alguno, una de las plataformas de Ramón (por los 16 años de uso y abuso) se rompió en su totalidad, haciendo que su dueño perdiera el equilibrio cayendose de verdad.  Asustado y al querer incorporarse para pedir ayuda a su amada tigrilla, pasó un carro a gran velocidad y atropelló brutalmente a Ramón.  En segundos el lugar se llenó de curiosos.  La víctima fue arrojada un par de metros adelante.  Ramón casi inconsciente se hallaba tirado sobre el pavimento, de pronto levemente escuchó la voz de un tipo que con gran preocupación le decía:  Se encuentra bien, señor? Tranquilo que ya vienen a ayudarlo!

Ramón moribundo, lentamente abrió los ojos decepcionado de saber que su amada no era quien había preguntado.  Alzando su cabeza como miles de veces lo había planeado, vio a su amada tigrilla por última vez.

Era ella quien le había hablado.

About Amadeus Urban

I am what I am Sólo soy quien soy
This entry was posted in Actualidad, Cuento, Humor negro, Uncategorized and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s