Cena para dos

Cerca del mediodía llegó a casa con todas las compras que había hecho para prepararle una cena especial a su esposo.  Lucía siempre prefirió ingredientes frescos.  Acompañada por un vino rojo seco, se dispuso a preparar todo.  A ella no le gustaba mucho cocinar pero su inclinación nula hacia la cocina la olvidaba por completo cuando veía por el amplio ventanal de su cocina el hermoso bosque que recreaba su “molesta” actividad.    Su casa prácticamente se encontraba en medio de la nada.  Los vecinos eran los pájaros que la levantaban muy temprano en la mañana y alrededor de las cinco le anunciaban   que la tarde estaba por morir.

Su soledad en ciertas ocasiones se veía disipada por una copa de vino, como en esta ocasión.  A pesar de sus limitaciones (especialmente en su pobre sazón) quería prepararle la mejor cena a su esposo.  Realmente quería sorprenderlo cuando el regresara de su pesada pero productiva jornada de trabajo.

El ambiente de la casa en determinados momentos se tornaba bastante frío, aunque afuera estuviese cálido e incluso soleado.  Las paredes parecían venirse encima de ella, pero Lucía trataba de convencerse así misma que era a causa de su cansancio por la rutina o simplemente por dormir poco en las noches (no precisamente por “estar” con su esposo).

Lucía sabía que la soledad de su vida en esa enorme casa a desniveles y hermosamente decorada; se podía disipar con un hijo.  A pesar de que su esposo prácticamente le rogaba para que lo tuvieran, era un tema fuera de discusión , ya que la contestación siempre sería un NO rotundo por parte de ella.

Cuando se encontraba picando algunas verduras que tenía sobre la tabla de bambú, torpemente se cortó el dedo índice izquierdo, dándole un poco de color al cuadro.  Lucía rápidamente enjuagó su dedo con abundante agua en el fregadero y presionándolo por unos minutos con una toalla detuvo un poco el sangrado.  Lucía era una de esas personas que no podía ver “sangre”  Aún nerviosa por el episodio, procedió a botar las verduras ya picadas, que cogieron un matiz no deseado causado por el invitado inesperado.

De nuevo empezó a picar los ingredientes, esta vez con más cautela y con un dedo adolorido.  El sol afuera cogió una fuerza increíble, dándole más brillo al paisaje y prácticamente salida de la nada, apareció una pequeña mariposa bicolor que se posó frente a su ventana.  Si me lo preguntan, fue un momento glorioso.  Tomando un sorbo de vino y con una leve sonrisa en sus labios (ya estaba más tranquila, a pesar de su cortada) Lucía sintió que algo súbitamente tocó su falda a la altura de los muslos.  Ella sorprendida volvió la mirada atrás esperando descubrir al causante, pero no había nadie.

Lucía otra vez empezó a sentir ese frío congelante dentro de su casa, especialmente ahí en la cocina donde ella se encontraba parada y no era la primera vez que esto sucedía.  Nuevamente tomó la toalla que se encontraba ya manchada con sangre y apretó de nuevo su dedo, pero esta vez con mucha más fuerza a causa de su nerviosismo.

Una vez que terminó de prepararle la cena a su esposo, Lucía por el cansancio y por los diferentes hechos suscitados, decidió recostarse en el sofá de la sala con su exquisito aliado: La copa de vino, que hace sólo unos instantes había acabado de llenar casi hasta  su tope.  Al dirigirse a la sala, unas cuantas gotas cayeron en la alfombra que había sido lavada a fondo hace una semana atrás por la compañía de limpieza; del que su cuñado era dueño.

Al ver las pequeñas gotas de vino sobre la reluciente alfombra color perla, a Lucía no le molestó en lo absoluto el contraste y decidió limpiarlas después de su siesta.

Bajo un sueño profundo y aún con un poco de alcohol en su sistema Lucía se despertó al escuchar las tiernas carcajadas de un niño.  Cuando abrió sus grandes ojos verdes, quedó en shock al recordar que “como siempre” se encontraba sola en su casa.  Aquel frío al que tanto le temía, se apoderó de ella desde la planta de los pies hasta la punta de su cabeza, mientras la cálida decoración de su hogar bruscamente se tornó rígida y oscura.  Aún aquella fotografía de su esposo con ella (donde lucían tan alegres en Hawai en sus últimas vacaciones) lucía tétrica.

Las dudas de Lucía inundaban su cabeza, pero ella no quería averiguar de qué o de quién se trataba.  Por miedo a las críticas de su esposo y de los demás, ella prefirió no comentar con nadie lo que estaba sucediendo hace semanas; pero ya se encontraba al borde de la desesperación.  Necesitaba hablar con alguien de esta experiencia aterradora, que se estaba convirtiendo en rutina.

Al escuchar el canto de los pájaros afuera, Lucía sabía que estaba pronto a oscurecer y que su esposo probablemente ya estaba en camino.  Sin embargo, al salir del baño después de tomar una reconfortante ducha, sonó el teléfono.  Era su esposo para avisarle que no lo esperara despierta, puesto que  iba a tardarse en llegar, los clásicos imprevistos de oficina.

Lucía bastante contrariada, decidió cenar sola, pero para no sentirse “tan sola” puso otro puesto en la mesa, como si su esposo fuera a acompañarla.  Ella se reía de la tontería que se le había ocurrido, pero total, nadie la estaba viendo o por lo menos eso era lo que creía.

A la luz de las velas y con un platillo delicioso ante sus ojos (aparentemente lo estaba, pues era una pésima cocinera) Lucía se dispuso a cenar con el puesto vacío frente a ella, que en cierta forma le disipó un poco su soledad; pudiendo disfrutar de su cena tan especial.

Que delicia!  Aseveró Lucía al quedar completamente satisfecha por los platillos de su autoría.  Se paró de la mesa llevando los platos vacíos hacia el mesón de la cocina y cuando regresó al comedor para terminar con su tarea, se dio cuenta que el puesto “vacante” también tenía vajilla sucia por recoger. Incluso, reposaban ciertos restos de comida alrededor.

Bajo un severo “shock” Lucía sintió que le halaron la falda hacia abajo y una vocecita tierna de niño le susurró:  Que rica comida!  Ahora si quieres ser mi mamita??

Lucía nunca olvidará esos grandes ojos negros,  que la miraron aquella noche suplicando un poco de calor de madre.  Por el impacto de esa mirada, ella pasó por alto completamente el color de muerte del niño y el impregnante hedor que despedía su aliento.

Un año después, los oscuros y fríos episodios fueron reemplazados por mamilas y pañales.

Y tú? Esta noche vas a preparar también una cena para dos?

About Amadeus Urban

I am what I am Sólo soy quien soy
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