La placa

Estaba arrinconada en ese cuarto húmedo y oscuro.  El dolor en sus huesos ya era inmanejable, al parecer la artritis se había apoderado de su cuerpo, algo extraño                a pesar de su temprana edad.

Varios miedos invadían su mente, pero no tanto como el polvoriento y casi fétido entorno que se adhería a su piel.  Se preguntaba incontables veces porque le había tocado vivir aquella vida tan miserable y vacía, esa vida que definitivamente no era la envidia de nadie, ni siquiera las cucarachas que solían pasearse por sus extremidades mugrientas (que terminaban en aquellas deformes uñas negras por el descuido y la suciedad) tenían algo que envidiarle.

Ya agotada de hablarse a sí misma por el miedo a contestarse, decidió hacer votos de silencio.  Aquella decisión despidió de ella una larga carcajada que inundó aquel oscuro lugar, porque se dio cuenta que tan drástica decisión no le afectaba a nadie.  Ni siquiera   a las ratas que compartían la habitación con ella, ni al moho que la rodeaba    (sus  inseparables “roommates”)

Como no poder salir de ese hueco putrefacto y disfrutar del brillo del sol y del contacto con la gente.  Poder sentir de nuevo la brisa en el rostro y de los ruidos de la calle.  Incluso Helena llegó a pensar que sería mucho mejor ser asaltada brutalmente por un par de malhechores, vivir la adrenalina del momento y caer en el suelo malherida por tratar de defender lo suyo.  Cualquier cosa sería mejor que esto!

Helena trataba de recordar como era su vida antes de llegar a ese torcido  lugar pero su mente no lograba divisar nada en absoluto.  Qué pudo haber hecho ella para merecer  un castigo de esta naturaleza.

Los sonidos que producían su estómago parecían describir que los intestinos se comían unos a otros por la falta de ingestión de alimentos.  La deshidratación en su organismo estaba latente.

Las repugnantes ratas peludas con esa larga cola terminada en punta, adornadas coquetamente a su manera (con ciertas partículas y suciedades del entorno) empezaron a lucir apetitosas ante los ojos de la pobre Helena.  Era un suculento platillo que ella no podía dejar escapar.  Al atrapar hábilmente a uno de estos roedores (insólito, porque ella estaba realmente débil) y al acercar al animal a su boca, sintió el  roce de los finos  bigotes de su víctima; Helena en cuestión de segundos recobró su dignidad  y lanzó al animal lejos de su vista.  Un par de chillidos de supervivencia se escucharon a lo lejos.

Si he de morir en este lugar, así será, pero no voy a caer más bajo de lo que ya estoy, se hablaba Helena así misma tratando de mitigar su execrable condición.  Ya ni lágrimas tenía (ella se lo atribuía a su acentuada deshidratación) pero si producía sonidos indecibles de un profundo lamento.  Lo único que le quedaba a Helena era un poco de dignidad, pero eso no era suficiente para sobrevivir.

El tiempo continuaba transcurriendo, pero cada vez más lentamente.  Los retorcijones en su estómago se estaban volviendo insoportables y la falta del líquido vital la estaban matando.  Cuanto desearía tener un revólver en las manos para terminar de una vez por todas con esto -aseveró Helena con su quebradiza voz ya agonizante-  Cuando ella dijo eso, instantáneamente pasó lo que nunca se hubiera podido imaginar, algo que ni siquiera sus propios ojos lo podían creer.  Pasó lo indecible.  Una potente luz brillante iluminó toda la habitación dejándola ciega por completo, con dificultad alcanzó a divisar dos uniformados que ingresaron al lugar.  Estoy salvada, pensó.  Helena trataba de gritar auxilio, pero su debilidad no se lo permitía, la angustia de Helena no podía ser mayor, parecía que su débil corazón no lo iba a aguantar.  Una vez más trató de gritar pidiendo ayuda, pero fue imposible, era como si su boca no pudiera articular palabras.  Sin embargo uno de los uniformados llegó hasta donde ella se encontraba, Helena casi no podía respirar (por la debilidad mezclada con su ansiedad).  Cuando el oficial se acercó a ella y la vio tirada en el suelo, su cara despidió la tristeza más grande que un ser humano podía expresar.  El se agachó aún consternado, acercó su mano hacia ella y tomando suavemente  la cadena que colgaba de su cuello, replicó:  La placa dice Helena.  Esta es la perrita que Don Diógenes (su anciano y solitario dueño) ha estado buscando desesperadamente durante meses.

Ahora podrás descansar Helena, así como ya lo está haciendo tu amo.  Y cerró sus ojos con pesar.

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I am what I am Sólo soy quien soy
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