Caminando hacia el bar

Su vida era común y corriente.  No era alguien que sobresalía en su labor ni tampoco en los hobbies que solía practicar, pero el tenía a alguien especial.  Una preciosa mujer de cabello largo y de pronunciadas curvas, que siempre estaba cuando el la necesitaba.  El tenía largas pláticas con ella.  Nadie tenía la capacidad de comprender a Emiro como lo hacía ella.  Era increíble pensar que esta mujer nunca se ponía de mal genio y mucho menos lo contradecía.  Era la compañera que cualquier hombre pudiera desear.  No era la típica y molesta esposa que siempre estaba lista para “cantaletear” por todo, hasta por la más mínima tontería.

Aquella tarde Emiro regresó a su casa bastante afligido por serios problemas que se habían presentado en su lugar de trabajo.  Al parecer las cosas no habían resultado como esperaban y tuvo tremendo altercado con su jefe inmediato.  La discusión se tornó fuerte.  El estaba tratando de defender su punto, pero su jefe lo anuló con aquella frase que el tanto detestaba:  ” Ni siquiera vales lo que se te paga”  Mejor tómate el resto de la tarde antes que…   Su voz se perdió cuando el palurdo sujeto se retiro de la oficina de Emiro haciendo resonar la desvencijada puerta, ante los ojos entrometidos de los otros empleados.

El camino a casa le sirvió para calmarse un poco y con la compañía de su querida Lisa las cosas cambiaron.  Cuando Emiro le comentó del problema, se sintió menos perturbado, ella era como un alivio para todas sus preocupaciones.  Era esa pequeña luz que siempre estaba encendida en medio de la oscuridad.  Qué haría sin tí mi amada Lisa?  Le dijo Emiro mirándola enamorado.

Su relación era bastante significativa, especialmente para Emiro; quien era una persona reservada y no podía entablar relaciones fácilmente.  Peor aún tratándose de una relación afectiva.

Esa noche Emiro no podía conciliar el sueño.  Sabía que Lisa estaba al lado de él pero no quería molestarla.  Decidió vestirse e ir a tomar un par de cervezas en el bar que estaba a unas cuantas cuadras de casa.  Lisa lo acompañó sin siquiera titubear.  Que mujer “incondicional” pensaba Emiro.  Que suerte la mía al tenerla.

Caminando hacia el bar, Emiro le contaba como se sentía por todo lo sucedido y esa noche con cerveza en mano, le confesó a Lisa lo miserable que se encontraba:  “Mira, desde muy pequeño mi padre siempre me repetía que yo era un total fracasado.  Que nunca iba a ser nadie en la vida, y si algún día alguien me daba un trabajo, ni siquiera iba a valer el sueldo que me pagaran”  -como si su jefe lo hubiera sabido-

Esa fue solo la primera parte de la confesión con su compañera.  El nunca había hablado con nadie de esto, pero Lisa era diferente.  Emiro sabía que ella nunca iba a reprocharle nada, ni tampoco iba a usar sus miedos como arma de discusión en futuros altercados de pareja.  Aunque Lisa era tan dulce que una pelea con ella, era inverosímil.

A pesar de su rudo aspecto, sus brazos y pectorales pronunciados por el excesivo ejercicio que hacía y su rústica barba pintada con unas cuantas canas; Emiro aquella noche en el bar, lucía indefenso.  El par de argollas que cargaba y la gruesa cadena que colgaba de su cuello, no alcanzaban a esconder su vulnerabilidad.

Cuando Emiro terminó de hablar sobre todos los traumas vividos en el pasado -con un padre completamente abusador y la ausencia total de una madre alcohólica- volteó a mirar a su amada Lisa y ella seguía ahí al lado de él sonriendo como si nada.  Era como si todo lo que Emiro estuvo contándole casi hasta la madrugada,  fuese irrelevante.  Lisa continuaba con su cuerpo y cabello perfecto y con esa sonrisa que Emiro estaba empezando a odiar.

Lisa, su inseparable compañera, esa mujer perfecta que era quien le había dado sentido a la vida de Emiro; estaba absolutamente ajena al sufrimiento de este hombre.  El le reclamó por su indiferencia y ella continuaba sonriendo.  Emiro ya gritándole desesperado por su impasibilidad, no consiguió respuesta alguna por parte de ella. El no soportó el cinísmo de Lisa y sin pensarlo dos veces, decidió cortar para siempre con ella.  Aunque estaba plenamente consciente que le iba a doler hasta el fondo de su misma alma.

Emiro otra vez estaba solo. Regresó con mucha dificultad a casa, el dolor que lo embargaba era insoportable.  Abrir el portón de entrada fue una pesadilla, era mucho más difícil hacerlo con una sola mano.

Al día siguiente el lugar estaba lleno de policías y curiosos, Emiro no había podido entrar a su casa, murió desangrado.  Un par de cuadras atrás había dejado a Lisa tirada en el suelo, tatuada en su brazo.

About Amadeus Urban

I am what I am Sólo soy quien soy
This entry was posted in Actualidad, Cuento, Realismo, Uncategorized and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s